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lunes, 6 de enero de 2014

Las intenciones de Año Nuevo

Los cambios de año traen consigo una serie de actividades que se consideran ‘obligatorias’. Salir, ir de fiesta, trasnochar, en fin, hacer de esa noche del 31 de diciembre algo inolvidable es una obligación que nos hemos impuesto socialmente. Pero junto con estas actividades ‘divertidas’ también nos hemos impuesto el análisis de lo que hemos hecho con nuestras vidas durante el año que pasó y lo que planeamos hacer con ellas en el año que llega.

Pero, no siempre tenemos planes.

De hecho, me considero parte del grupo que no se plantea metas todos los años, quizás sólo lo hago en aquellos en los que considero que es necesario realizar un cambio importante, pero no en todos. Un grupo de años los he pasado simplemente con el ánimo de que sea mejor que el anterior. Recordé esto recientemente cuando, durante una reunión con unos amigos, alguien lanzó la pregunta.

sábado, 15 de junio de 2013

Viejo, mi querido (y habilidoso) viejo

Debo confesar que cuando me encontraba en el colegio era mi padre el que, en (varias) ocasiones, me ayudaba con el curso de “Formación Laboral”. Aquel curso –que no tenía relación alguna con su nombre– nos obligaba a desarrollar actividades tales como la construcción de un barquito de madera o el acabado de un cenicero de cerámica; actividades que, por supuesto, nunca más he tenido que repetir, menos aún dentro de mi campo laboral pues me gano la vida escribiendo en una computadora.

Pero, de todas maneras, tenía que aprobar ese curso, y mi padre me ayudó con ello.

No sé si alguno de mis sucesivos profesores del curso se habrá dado cuenta de que yo no tenía habilidad manual alguna. Mis torpes manos a duras penas podrían aprobar una de esas evaluaciones psicotécnicas en las que a uno le piden dibujar sobre una hoja de papel una persona, un ocaso o algún otro elemento para determinar nuestra lucidez. En realidad, creo que ni siquiera esos esbozos se encuentran hasta ahora dentro de lo que puedo lograr con mis capacidades.

viernes, 29 de marzo de 2013

Semana Santa

Cuando vi pasar la procesión frente a mi casa no me atreví a salir. Había mucha gente, era de noche y a los pocos años que tenía entonces sólo me quedó observar por la ventana. Cristo se veía agonizante, adolorido y los rostros de mis vecinos –de mis vecinas, especialmente– denotaban algo de tristeza. Creo que no entendía la devoción o al menos no sabía cómo encontrarla en esos rostros tristes.

No entendía tampoco porque habían matado a Jesús. Después de todo, no hizo nada malo, de acuerdo a todas las películas que había visto entonces. Jesús era el héroe que ofrendaba su vida por nosotros, pero yo no entendía porqué. Si hubiese muerto sacando del fuego a alguien, o hubiese cambiado su vida a cambio de que los romanos no mataran a los judíos lo hubiese entendido más fácilmente. Pero nadie me explicó.

Sólo cuando crecí y –hay que decir la verdad– me lo explicaron unos amigos evangélicos, comprendí el algo intrincado mecanismo que hacía que su muerte nos salvara. Entonces lo comprendí, y también entendí porqué no me habían explicado nada de chico: no lo hubiera entendido.

martes, 26 de marzo de 2013

La leva

Recuerdo que me encontraba en un autobús rumbo a Huacho por la carretera Panamericana para una reunión. Iba con unos amigos de la universidad cuando repentinamente sentimos que el bus se había detenido, luego de unos instantes unos soldados ingresaron al bus y mirando a los rostros me escogieron a mí y a otro chico. “Bajen”, nos dijeron.

El que daba las órdenes aparentemente era un sargento, o algo así, y sin esperar ninguna respuesta se bajó del bus esperando que lo siguiéramos. Cuando bajé me acerqué a uno de los soldados, el que más ‘cara de buena gente’ tenía y le pregunté qué podía hacer. “¿Tienes un documento o algo de que hayas hecho servicio?”, me preguntó. “Sí”, le dije, y volví a subir al bus para buscar en mi maleta mi libreta militar.

En Lima ‘algo’ me dijo que sería mejor llevarla ‘por si acaso’ y por ello la tenía conmigo cuando nos detuvieron. Bajé con mi libreta de la Marina en la que decía “Reserva Disponible” –había ingresado a la PUCP, así que por ello me exoneraron– y se la mostré al sargento.

sábado, 7 de julio de 2012

A mis profes

Recuerdo que durante una clase de literatura en el colegio mi profesor se ufanó de haber tenido de maestros a los más destacados literatos que podíamos mencionar. Mis compañeros comenzaron a lanzar nombres y mi profesor nos decía el curso que había llevado con él en la universidad. Yo no pude resistir el reto y pregunté por uno de los ‘maestros de maestros’: LAS.

“¿Luis Alberto?”, le pregunté. No fue necesario que dijera Sánchez, su apellido sobraba en el contexto de la conversación. Mi profesor me indicó el curso que había disfrutado con el maestro y entonces comencé a pensar cómo habría sido llevar una clase con LAS. Todo un semestre con el maestro.

En otra clase recuerdo que mi profesor de Historia dejaba a un lado el libro de texto que nos indicaba el colegio y cargaba bajo uno de sus brazos un conjunto de obras que tenía marcadas con papelitos. Las abría y nos pasaba a leer un párrafo o dos de “Los Doce Césares” o nos mostraba una foto antigua del jirón de la Unión llena de banderas extranjeras en los balcones y tomado por la tropas chilenas que ya habían entrado a Lima, durante la Guerra del Pacífico. “Nadie era peruano en ese momento en el jirón de La Unión”, recuerdo que nos dijo.

viernes, 8 de junio de 2012

La buena imagen del Perú (en el exterior)

Hace poco tiempo me reuní con un ejecutivo extranjero de una importante empresa tecnológica. Lo usual: entrevistarlo sobre las novedades que ofrecía su compañía y aclarar algunos puntos con respecto a la industria en la que se encontraba. Realmente, la entrevista fue productiva, pero lo que me llamó la atención fue lo bien que habló del Perú al inicio de la charla.

Por un momento consideré que simplemente el entrevistado buscaba quedar bien hablando maravillas del país, pero noté en su tono de voz una gran sinceridad. Es decir, realmente él pensaba que el momento por el que atravesaba nuestro país era inigualable, que las cifras macro eran estupendas y que, particularmente en su industria, el Perú representaba una 'locomotora' de crecimiento.

¿Qué? ¿Acaso no ha visto las noticias?, pensé. Por un momento me vi tentado a relatarle los problemas por los que pasamos ahora en el país pero estimé que no era conveniente ya que él se encontraba sinceramente positivo con respecto a cómo nos iba en el campo económico y hubiera sido injusto el enrostrarle un tema (nuestros conflictos sociales) que seguramente no es de conocimiento internacional.

Y siguió la entrevista. Pero me quedó la duda de cómo es que nos perciben en el extranjero.

Si antes el país era sinónimo de terrorismo y Sendero Luminoso ahora nos pasa lo contrario. Ahora el Perú es Machu Picchu -una de las Siete Maravillas Modernas del Mundo- pero también es comida y espectaculares cifras de estabilidad macroeconómica. Y si antes buscábamos decir que el Perú no es solo Sendero y terrorismo, ahora creo que me dio sinceras ganas de decirle que el país no es solo buenas cifras macroeconómicas.

Y creo que eso no es ser pesimista.

La fortaleza de nuestra economía se puede ver en Lima pero las imágenes de la televisión nos han mostrado que ese discurso no ha calado en otros lugares del país.

Basta recordar que en 2006 Humala (entonces antisistema) perdio las elecciones 'por un pelo', y que ahora tenemos más de dos centenares de conflictos sociales. Todo ello en un país 'próspero'.

Creo que debemos tomar las cifras como lo que son: cifras macro; pero en el campo micro aún vemos mujeres y niños vendiendo golosinas en prácticamente cada semáforo, y en los autobuses los vendedores ambulantes entran unos tras otros para ofrecer sus productos.

Sí, hemos avanzado. Antes un extranjero no hablaba bien del crecimiento de nuestro PBI o de las capacidades del mercado peruano. Es más, eran pocos los que venían en comparación con el número que podemos ver ahora en los hoteles capitalinos.

Sin embargo, creo que podré decir que 'sí la hicimos' el día que no haya vendedores en los semáforos, que la gente no viva entre plásticos y cartones y que el optimismo de Lima sea parte también del discurso de todas las demás regiones. Espero, como dicen las proyecciones, que en el tiempo que me queda de vida vea ese país.

jueves, 5 de abril de 2012

Recuerdos del 5 de abril

Debo confesar algo, si una encuestadora me hubiera preguntado hace 20 años si apoyaba el cierre del Congreso, habría dicho que sí.

Tenía 20 años y quería que las cosas se hicieran rápido. Dos cámaras legislativas (diputados y senadores) me parecían excesivas para la velocidad que se debería imprimir al cambio del país. Lo mejor era hacer las cosas ejecutivamente, sin tantas charlas y discursos rimbombantes.

En la universidad, la PUCP, había sido testigo también del descrédito que implicaba estar relacionado a un partido político. Recién ingresado asistí a unas elecciones estudiantiles en donde una de las peores acusaciones que podía recibir una agrupación era la de estar ligado a un partido político. La izquierda nunca se presentó en mi salón de clases, y el ARE (representante en las universidades del APRA) estaba conformada por tres felinos.

La desaparición de los partidos políticos me parecía entonces una justa consecuencia por el desastre que habían provocado en los años 80 (hiperinflación y crecimiento del terrorismo, principalmente). No merecían nada, ni siquiera que los defendiéramos cuando les cerraron la 'chamba' y los reprimían con varazos, golpes y chorros de agua.

Sin darme cuenta -o quizás sí, pero no me importaba- había dejado de creer en los partidos, en los políticos y en la forma en que se nos había presentado la democracia.

Me equivoqué.

Tarde unos meses en darme cuenta del error. Como alguien -que no recuerdo- dijo alguna vez "la democracia no es perfecta, pero es la forma menos mala de gobernar un país", o algo así.

Lo que vivimos entonces no fue la destrucción de los partidos sino de la democracia. Y lo que me había pasado fue que había caído en el camino fácil de creer que una autocracia nos podría resolver los problemas.

Ciertamente, se resolvieron algunos problemas (economía, terrorismo) pero se exacerbaron otros (corrupción, intolerancia) pero al costo de hacernos creer que la democracía es una forma inferior de vida. Cuando en realidad es todo lo contrario.

La democracia no es sencilla pues implica el respeto a la opinión del otro y la resolución de los problemas teniendo en cuenta estas diferencias. Lo más sencillo es pasar por sobre los otros para finiquitar un tema, para 'resolver' una cuestión, pero la experiencia nos ha mostrado que si hacemos las cosas 'al caballazo' luego tendremos que reparar los daños.

Lo mejor es trabajar en democracia, con respeto a la ley pero sobre todo a los demás, incluyendo su forma de pensar.

Ahora entiendo que esas personas que se enfrentaron a los policias y militares de entonces (lastimosamente, siguiendo órdenes equivocadas) no estaban defendiendo su 'chamba' sino una forma de sociedad mejor. Ciertamente, con muchas fallas que se deben resolver, pero mejor al fin y al cabo.

Lo que me queda claro de ese 5 de abril es que uno puede equivocarse pero es peor mantenerse en el error.

sábado, 12 de noviembre de 2011

11.11.11

Es sábado 12 y el mundo no se ha acabado, de nuevo. No recuerdo cuántos pero estoy seguro que en estos últimos años se han multiplicado los agoreros que afirmaban que el mundo se iba a terminar en tal o cual fecha. Afortunadamente, todos han fallado.

Sin embargo, lo que más me sorprende es que le hayamos dado tanta cabida y tanta atención a estas supuestas profecías. Los canales de televisión, diarios, revistas e incluso las redes sociales se movieron alrededor de este tema de la misma manera en que lo hicieron el año 2000, el año 1900, y sabe Dios en que otras tantas fechas.

El fin del mundo no se produjo y probablemente no se producirá sino hasta dentro de unos miles de años, cuando el Sol, siguiendo su natural ciclo de vida, se agrande tanto que termine engullendo a nuestro planeta. Pero ello, con seguridad, no lo veremos nosotros.

Entonces, ¿por qué tanta preocupación por el fin del mundo?

Hay gente que vive de esto. Todos ya sabemos quiénes son: ‘astrólogos, videntes, brujos y brujas’, y un largo etcétera; quienes además han recibido la entusiasta colaboración de algunos medios que han llenado sus espacios con estas noticias catastróficas.

La verdad, creo yo, es que el fin del mundo es un evento particular para cada uno de nosotros.

No debemos esperar ese evento cataclísmico que vemos en las películas de Hollywood sino el natural curso de nuestras vidas para presenciar el fin de nuestro mundo. Nuestra muerte es el fin de nuestros días, es el evento al que no podemos escapar y que le ocurre, por igual, al pobre y al rico, al africano y al asiático, al joven y al viejo. Ese es el fin del mundo.

¿Para qué entonces preocuparse de que un meteorito o asteroide destruya el planeta? El fin del mundo puede llegarnos bajo la forma de un conductor ebrio, de una grave enfermedad o de un asaltante. Y, por supuesto, el fin de nuestro mundo nos puede llegar por el simple hecho del propio envejecimiento.

Estos fines del mundo son más certeros y más directos que cualquiera de las formulas numerológicas que hayas escogido para explicar porque ayer (11.11.11) no pasó nada.

Debemos, entonces, prepararnos para nuestros particulares fines del mundo. No sabemos cuándo llegarán ni cómo se desarrollarán, pero sí sabemos que nos llegarán a todos.

sábado, 29 de octubre de 2011

Sangre, sudor y lágrimas

Durante la Segunda Guerra Mundial Inglaterra fue inmisericordemente bombardeada por la hasta entonces invencible fuerza aérea alemana. El objetivo de los nazis era minar la moral de los ingleses y destruir al gobierno del único país que detenía su avance en Europa Occidental. En medio de los edificios en llamas Winston Churchill, el primer ministro británico de entonces, soltó la famosa frase para describir lo que podían esperar los ingleses de su gobierno en el futuro cercano: “sólo les prometo sangre, sudor y lágrimas”.

Algo similar le ha ocurrido a la prensa peruana. Ella nos ha prometido regalarnos cantidades generosas de estos fluidos corporales a través de sus realities, de sus noticieros y de sus portadas en los quioscos; el caso de Ciro Castillo no ha sido sino el pico más elevado en el cumplimiento de esta promesa.

Este estado de las cosas, sin embargo, no se logró sólo a partir del esfuerzo de los medios; nosotros colaboramos aceptando una complicidad que se hizo tangible en el incremento de los tirajes y los ratings. Fuimos nosotros los que consumimos con gran entusiasmo cada espacio que nos detallara –en medio de los mensajes de los anunciantes– el infortunio de este hombre.

¿Qué fue primero? ¿Este tipo de noticias o nuestro deseo de verlas?

Con seguridad soy de aquellos que no comprenden cómo los medios y las personas se han involucrado en esta relación ‘simbiótica’ de morbo-información. Tampoco entiendo por qué los noticieros de una hora de duración pueden llegar a dedicar casi el 60% de su tiempo a la crónica del atropellado, del muerto en un asalto, o del famoso encontrado ebrio en la calle.

Me es igualmente incomprensible el motivo por el que los realities buscan hacer que algún famoso baile, o quede encerrado en una casa llena de cámaras esperando a que se desnude o suelte una palabrota contra otro famoso.

Aunque quizás la respuesta es muy sencilla: es lo que le gusta a la gente.

Realmente, ¿es eso lo que nos gusta?

Recuerdo a una persona que me decía que no le agradaba para nada “Trampolín a la Fama”, allá en los años 80; sin embargo, no se perdía ningún sábado en la noche la emisión del programa.

Me pregunto cuántos de nosotros hacemos lo mismo. Cuántos de nosotros criticamos pero seguimos consumiendo ese tipo de contenido.

Creo que debemos ser consistentes con lo que predicamos. Si no nos gusta –por considerarlo inapropiado– debemos dejar de consumir estos contenidos, a menos, claro, que nuestro discurso sea tan solo un montón de palabras para quedar bien con el círculo de amigos.

A diferencia de los años 80 –cuando había solo tres canales y unos pocos diarios– ahora tenemos una enorme cantidad de posibilidades de contenido. Ahora tengo la posibilidad de consumir sólo aquello que me interesa –y en verdad son tantas las cosas que me han dejado de interesar en la televisión y en los diarios locales.

Esta decisión, por ejemplo, me hizo desistir de ver la mayor parte de los programas de los fines de semana porque ya sabía que la noticia sería nuevamente Ciro.

Ciro fue una constante que me hizo ver que el amor de un padre puede mover montañas pero, lamentablemente, también fue una oportunidad para ver hasta donde se podía llegar con tal de vender más noticias.

Espero que ahora que ya fue enterrado Ciro descanse en paz, y que su familia retome su vida. Todos debemos hacerlo.

viernes, 29 de julio de 2011

Feliz 28 de Julio



Llegaron las Fiestas Patrias, y con ellas todo el espectáculo que implica, además, un cambio de mando. Alan se fue, entra Ollanta. Alan no quiso pasar por el Congreso, dizque para evitar el bochorno que le podrían haber hecho los nuevos parlamentarios; mientras que Ollanta inaugura un nuevo estilo presidencial al casi no despegarse para nada de su primera dama, Nadine.

Humala dirige su primer mensaje al PaísPero hoy 29, podemos decir que el gobierno de Humala comienza con una buena dosis de ají. Al jurar por 'el espíritu' de la Constitución del 79 Ollanta generó la piconería de toda la bancada fujimorista, especialmente de la congresista Marta Chavez, que no paró de gritar durante buena parte de la ceremonia, para delicia, sin duda, de nuestros invitados extranjeros, incluída su majestad, el Príncipe Felipe de Borbón.

Sinceramente, me dio roche. ¿Es que no se puede 'lavar los trapitos sucios en casa'? ¿Era necesaria esa provocación sabiendo cómo iban a reaccionar Marta Chávez y compañía frente a los invitados? Creo que se pudo haber tenido un mejor momento para realizar ese tipo de actos.

Pero bueno, ya se hizo y creo que hay que seguir adelante, y no detenernos en esos argumentos, también innecesarios, que señalan la invalidez de la juremantación de Humala. ¡Ya hay que parar esto!

Ya pasado todo este tumulto, creo que hay que dejarnos de mirar hacia dentro y observar lo que está pasando a nivel internacional.

Estados Unidos se encuentra en la disyuntiva de ampliar su capacidad de endeudamiento. Hasta hoy el Congreso de ese país, específicamente los republicanos, no habían dado el pase a una iniciativa para poder ampliar esta capacidad. ¿Qué es importante en todo esto? Que sin ese dinero extra Estados Unidos no podría cumplir con el pago de sus Bonos del Tesoro, es decir, de los documentos más seguros del mundo. La otra opción es que Estados Unidos diga que no puede pagar, o sea, default.

¿Estados Unidos default? Si pues, eso es lo que está pasando afuera y si eso sucede la economía mundial ingresaría a un escenario que nadie se imaginó, con la mayor potencia del mundo incapaz de pagar su deuda y con la otra mayor potencia del mundo, o sea, China, incapaz de cobrar el dinero que le ha prestado a Estados Unidos. ¿Problemático, no?

Ya algo adelantó el presidente de Colombia luego de la reunión de Unasur, y economistas como Eduardo Morón y Bruno Seminario también han dicho algo al respecto. Hay que cuidarnos de una próxima recesión gringa y mundial.

Comienza el trabajo en serio.

Foto: Congreso de la República del Perú.

lunes, 25 de julio de 2011

Un desconocido llamado José

Encontramos un hombre tirado en la calle. Liliana y yo habíamos salido a buscar un restaurante para cenar cuando en la cuadra siguiente a la nuestra vimos que alguien yacía sobre la pista. A su lado se encontraban sus anteojos y un poco más allá una bolsa con panes. Evidentemente se había caído.

Le preguntamos qué le había pasado, y comenzó a balbucear algo. Le entendí que la casa que teníamos al frente era la suya y que deseaba que le alcanzáramos sus anteojos. Se los alcancé y se los puse ya que él no atinaba a hacerlo. Al acercarme me di cuenta que el hombre había bebido, y que evidentemente su lamentable estado se debía a los efectos del alcohol.

Ya para ese momento había logrado sentarse sobre la pista y una vecina -que salió al vernos junto a él-  nos ayudó a ponerlo de pie. El vigilante de la cuadra también se acercó y nos dijo que hace unos momentos lo había dejado sentado en la vereda frente a su casa, sus llaves habían desaparecido y por ello no podía ingresar. Sólo le quedaba esperar a que una chica a la que le alquilaba una parte de su casa llegara para abrile la puerta.

El hombre me dijo que se llamaba José, al igual que yo, y que era funcionario de un ministerio. Al palpar sus bolsillos para buscar sus llaves no las encontramos pero sí hayamos pastillas contra la depresión. Me asusté un poco al pensar que podrían hacerle daño en combinación con el alcohol que le llenaba entonces el aliento.

Pero el vigilante nos dijo que no nos preocupáramos, que era habitual que el señor José llegara embriagado y buscara discutir con las personas. Pero no discutió con nosotros. Simplemente me apretó la mano -que sentía muy fría- y nos agradeció que nos hubiéramos acercado a ayudarle. Quería entrar a su casa.

«No puede señor, tiene que esperar a que alguien llegue con la llave», le dije. Siguió balbuceando, diciendo que quería entrar a su casa, que esa -señalando la pared verde limón frente a nosotros- era su hogar, pero que no había nadie ahí. Ningún familiar, ninguna esposa, o hijos que lo asistieran.

Estaba vestido con saco y corbata pero el polvo que lo cubría le infería un aspecto de desamparo. Su pronunciada calvicie, su bigote y sus anteojos me hicieron recordar la vieja imagen que tenía de uno de mis profesores de colegio. Quizás por eso me conmovio aún más su situación.

«Déjelo señor, ahí nomás», me dijo el vigilante. Su vecina ya se había retirado a su casa. Lo dejamos ahí, junto a su puerta, esperando que el vigilante lo cuidara en esa fria noche de invierno limeño.

En ese momento me dio miedo la soledad.

domingo, 12 de diciembre de 2010

El mal desarrollo

Recuerdo que muchas veces conversando con alguien siempre le decía que, a diferencia de Estados Unidos, aquí podíamos entrar a comer tranquilamente una hamburguesa a un Bembos sin el temor a que un desquiciado entrara al local con un arma y nos mate. Eso sólo ocurría en las películas o solo lo veíamos en los noticieros gringos. Lamentablemente, ese tipo de 'desarrollo' también ha llegado a nuestro país.

El viernes 3 de diciembre fue un día cinematográfico. Un demente armado con una pistola y dos bombas tomó el Banco Continental de Gamarra y movilizó a una cantidad increíble de policías vestidos a la usanza de la SWAT (Special Weapons And Tactics) estadounidense. La noticia la escuché por primera vez en un taxi y al enterarme de que se trataba de un hombre sólo rápidamente caí en la cuenta de que se trataba de un loco. ¿Cómo una sola persona va a asaltar un banco? Ya en la casa me enteré que el objetivo nunca fue el asalto sino la toma de rehenes y la petición de demandas sin sentido.

El tipo estaba loco. Y ciertamente no es novedad que haya locos en el país -después de todo, gracias a la decidia de las autoridades, podemos ver a muchos de ellos deambulando por las calles- sino que uno de ellos haya tomado un banco, esté armado (con licencia) y amenace con hacer estallar dos bombas. Lo peor de todo, como en película hollywoodense, es que tenía instrucción militar y, por tanto, sabía manejar los dispositivos que había llevado consigo.

Un loco con instrucción militar y armado, ¿no les recuerdan varias películas? Además, la forma en que se vistió Ruiz Wilfredo Ninasqui se parece bastante a los secuestradores de películas como -salvando las distancias- Inside Man, que quizás haya visto.

Hasta ahora nos sentíamos seguros porque los locos y los pandilleros no tenían un acceso tan sencillo como el que tienes sus pares gringos a armas de fuego. Pero parece que eso está cambiando. Pandilleros con pistolas y locos con bombas son ahora también parte de las páginas policiales de los diarios de cincuenta céntimos.

¿Qué se puede inferir? Que se tiene que hacer algo por la salud mental de nuestro país, creo que es un sector poco atendido que en el futuro puede generar más de estos incidentes. Que las instituciones armadas tienen que hacer un control más efectivo de su personal y que la Discamec (que otorga las licencias para portar armas) tiene que ser mas cuidadosa de a quienes otorga los permisos.

Más dinero en el país no es suficiente. Tener mas plata en los bolsillos no nos va a hacer una sociedad más desarrollada sino tan solo mas consumista. Y creo que uno de los indicios de este fenómeno es que la Navidad, la conmemoración del nacimiento de Jesús por parte de los cristianos, está perdiendo su caracter espiritual y se está transformando en una euforia por el shopping.

Este es un mal camino de desarrollo, y creo que debemos enderezarnos antes de convertirnos en una sociedad que tiene una mano llena de dinero y la otra mostrando una pistola. No quisiera que el Perú tenga los vicios de la superpotencia del norte, solo sus bondades. Si es que se puede.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Recuerdos del 11 de setiembre

Es increible que hayan pasado ya tantos años, pero el recuerdo se mantiene. El 11 de setiembre es una de esas historias que nunca acabarán porque no nos cansaremos de recordar la tragedia que vimos en directo. Así somos las personas, recordamos los momentos traumáticos con mayor facilidad que aquellos ratos en los que fuimos felices.

Lo peor de todo es que la tragedia tuvo consecuencias fatales. No solo murieron esas tres mil personas que desafortunadamente se encontraban en esas torres aquella mañana sino que el ataque sirvió de excusa para que George Bush decidiera atacar un país que no se encontraba directamente involucrado en el tema. Fue el inicio de una época caracterizada por la Patriot Act en la que Estados Unidos retrocedió a las peores épocas del Macartismo del siglo pasado, en donde los estadounidenses llegaron a temer a su propio gobierno. Fue el momento de inicio para que muchos hombres y mujeres fueran, de nuevo, a morir lejos de su país con la excusa de combatir el terrorismo internacional y liberar a una nación de un sanguinario dictador, Saddam Hussein (que fue puesto ahí en primer lugar por Estados Unidos).

Los 'gringos' finalmente se han retirado de Irak, luego de tratar de asegurar que el país recorriera el camino de la democracia, y que sus compañías petroleras se instalaran en esa parte del mundo. Osama Bin Laden no ha sido capturado, y son muchos los soldados que dejaron su vida creyendo firmemente que luchaban por su país, o quizás no.

Lean a Bob Woodward y su "Bush en Guerra" para que tengan luces sobre lo que se puede hacer cuando uno cree tener todo el poder del mundo, y la bendición de Dios. Vean tambien la película de Michael Moore, "Fahrenheit 9/11" para entender el otro lado de la historia. Y vean la escena final de la película "Munich" de Steven Spielberg para entender que la violencia no resuelve las cosas.

sábado, 14 de agosto de 2010

No es tristeza, es reflexión

No nos quisieron dar pena sino alegría. Los niños de la Teletón de este año aparecieron ahora en un spot comercial en el que usando los musculosos brazos del Capitán América ocultaban un par de muletas, o superponiendo un disfraz de escarabajo o submarino tapaban su silla de ruedas. Cambiaron así la expresión que naturalmente nos brotaría en el rostro por una sonrisa o quizás por una expresión de sorpresa. Luego una lluvia de aparente confeti nos revelería que el objetivo del esfuerzo era recordarnos que hoy era la Teletón.

Es un buen comercial, pero ello no nos debe hacer olvidar que detrás de él se encuentra una institución que todo los días tiene que lidiar con la tristeza. A la clínica San Juan de Dios acuden padres de familia que no cuentan con el dinero necesario para llevar a sus hijos a una clínica privada, y que solo se pueden dar el 'lujo' de gastar unos cuantos soles en la cura de sus niños.

¿Cuántos soles? Seis nuevos soles (2.11 dólares) por sesión. El precio de una entrada a un cine popular, de un sandwich en un local de precios medios, de seis pasajes en una combi; en general, una 'nada' en comparación con las cifras que mucha gente suele gastar en frivolidades.

Ya en plena Teletón Laura Borlini entrevistó a la madre de uno de los niños que aparecen en las imágenes del comercial, un chico que nació con daño cerebral, y al que tendría que llevar cuatro veces a la semana a la clínica para estimular su cura. En total tendría que gastar 24 soles a la semana en sesiones o un poco menos de 100 soles al mes para seguir con su tratamiento, y sin embargo, aquella pobre mujer dijo que durante seis meses interrumpió el tratamiento porque no tenía el dinero.

¿Te sientes triste ahora? No es cuestión de sentirse triste sino de reflexionar sobre la calidad de vida que deseamos como sociedad. La solidaridad no debe perderse como una de nuestras virtudes, el despegue económico no solo debe servirnos para estar mejor sino también para ayudar a los otros.

Confieso que no he hecho lo suficiente yo mismo, pero me alegra que estos momentos me hagan reflexionar en cuanto a mi participación en actividades solidarias. No debe ser solo la emoción del momento, sino parte de nuestra forma de vida. Y creo que todos los que lean estas líneas sabrán como ayudar a quien lo necesita desde sus respectivas actividades. No solo es cuestión de dinero, también lo es de nuestro tiempo, nuestras habilidades y de las personas a quienes podemos acudir.

Mañana ya no será la Teletón, pero estoy seguro que hay mucha gente en muchos lugares a los que podemos seguir ayudando todos los días del año, todos los años.

miércoles, 2 de junio de 2010

Hace un año

Quizás suene muy trillado decirlo, pero ¡qué rápido que pasa el tiempo! El pasado jueves fue la fecha oficial del primer aniversario de CIO Perú y realmente me ha sorprendido que ya haya transcurrido un año desde que comenzó esta aventura periodística.

Ha sido todo un cambio. De escribir en una revista mensual pasé a un portal que se refresca diariamente y que lanza un boletín semanal en el que debo incluir algo así como un 'informe central'. Lo que hacía antes en un mes ahora casi lo debo hacer semanalmente, ha sido todo un reto y me ha servido para aprender a manejar mejor mi tiempo. Es más trabajo pero los rigores que impone la nueva periodicidad del medio no me ha afectado como pensaba. Quizás es porque disfruto de la ventaja del teletrabajo y me puedo alejar de los espantosos congestionamientos de las horas pico.

Recuerdo que antes debía soportar casi toda la longitud de la Av. Javier Prado para llegar a la revista en La Molina. Una vez a la ida, y otra a la vuelta. Y ello sin tomar en cuenta que casi todas las comisiones eran hacia San Isidro o Miraflores. Lo peor se produjo cuando Lima se encontraba en plena reconstrucción para el ALC-UE y luego para el APEC. ¿Recuerdan?

lunes, 26 de abril de 2010

Una buena semana

La semana anterior fue de bastante trabajo. Básicamente porque era la semana del evento de CIO, pero también porque se juntaron reuniones y comisiones como en ninguna otra ocasión.

Lo extraño del caso es que no me siento tan cansado como esperaba. Ya va a ser prácticamente un año desde que partí de la revista y creo que ya me he acostumbrado completamente al nuevo ritmo de trabajo. Realmente no me lo esperaba.

La revista era mensual y ello me daba un par de semanas para preparar los artículos. El portal en cambio es diario en sus noticias y semanal en sus artículos por lo que en teoría hago cuatro veces más cosas que las que hacía cuando me encontraba en la revista. Debería estar cuatro veces más cansado pero no es así.

Creo que mucho tiene que ver el hecho de que trabajo desde la casa y así me ahorro el diario trajín de ir por toda la Javier Prado hasta la oficina, de ida y de vuelta. El tráfico ha empeordado en Lima y estoy seguro que de haberme quedado en la revista tendría ya cientos de horas acumuladas como pérdida de tiempo por el tráfico.

Pero también creo que mi 'no cansancio' se debe a que necesitaba un cambio. Más de una década en cualquier trabajo ahora parece una eternidad, aunque para nuestros abuelos eso era lo más normal del mundo. Recuerdo que cuando celebrábamos un aniversario de la Universidad vimos como a un grupo de trabajadores les realizaban un pequeño homenaje por sus 35 años de servicios a la institución. ¿Dentro de 30 años me harán algo así?, pensé.

domingo, 14 de marzo de 2010

La tierra bajo sus pies

El título de esta entrada es medio prestado. El original lo uso Alberto Fuguet en un post de su blogLa tierra bajo nuestros pies») y estaba acompañado por una foto que se convirtió en el símbolo del dolor y la devastación de Chile, luego del terremoto.

En esa foto un hombre sostiene, en medio de la destrucción dejaba por el tsunami, una bandera chilena rota y enlodada. Al verla uno no termina de convencerse que esos escombros que llenan la imagen alguna vez fueron parte de una ciudad de un país con el que tantas veces nos hemos comparado.

Chile se convirtió, por obra de la catástrofe, en el tema de conversación y de la noticia durante las últimas dos semanas. Sin embargo, antes se había convertido en nuestro benchmark, en el obligado punto de referencia para todo lo bueno y malo que nuestro país podía hacer en economía, negocios, cultura y hasta educación.

Con Chile desarrollamos así una relación ambivalente que se basaba, a la vez, en la envidia por sus asombrosas cifras económicas pero también en el rencor por las historias de maltrato hacia nuestros compatriotas.

¿Cómo confiar en un país que compra tantas armas, que maltrata a nuestros compatriotas, que se atribuye nuestro patrimonio, que nos ganó una guerra?

viernes, 1 de enero de 2010

Primeras reflexiones de 2010

Se fue 2009, un año de cambios para mí. Y, sin duda, uno de los más significativos fue mi salida de la revista, luego de más de 12 años.

La verdad, aún me cuesta hacerme a la idea, o algo así. Cada mañana aún desayuno con mi taza 'Business' y al cambiarme en mi habitación veo la larga fila de revistas que durante más de una docena de años he guardado en mi librero, como si aún las necesitara para recordar algún viejo artículo mío o el de alguno de los amigos que han pasado por la publicación.

Y ciertamente hice muchos amigos. Vuelvo a darme cuenta de ello cuando abro mi Facebook o la lista de contactos de mi correo electrónico y observo la extensa lista de amigos catalogados como 'businescos', aquellos con los que trabajé en la revista. Ahí se encuentran algunos amigos que siguen trabajando como periodistas de negocios y economía, o que han encontrado su destino en el campo de la cultura o la literatura (sobre todo los ex correctores); también se encuentran amigas que ahora se encuentran en el extranjero dedicadas al esforzado trabajo de ser una buena madre, y otras dedicadas a actividades tan diversas como temas tenía la revista. Son muchos amigos y amigas, realmente.

Todo eso lo dejé atrás, de la misma forma en que otros lo hicieron hace ya bastante tiempo, o recientemente. Antes los veía desde el lado del que se quedaba en el barco, ahora me tocó a mí abandonar la nave.

La sensación fue rara, nada que yo hubiera podido imaginar. A pesar que la decisión fue un acto completamente racional el llevarla a cabo chocó con mucho de mis sentimientos. Quizás fue los años, el cariño, o simplemente la costumbre de hacer algo todos los días; no lo sé exactamente, pero sí me doy cuenta que aún no he digerido por completo la experiencia.

He trabajado en la revista más años de los que estuve en el colegio o en la universidad, he conocido más personas y más lugares de los que pensaba conocer, he viajado a las antípodas del mundo y aprendido mucho de lo hermoso y feo que puede ser la actividad del periodista pero, por sobre todo, he vivido casi toda mi vida profesional ahí. Creo que por eso aún mantengo esa rara sensación de pertenencia.

Sin embargo, mis días han cambiado.

Luego del desayuno enciendo mi computadora, ejecuto el navegador y reviso como quedó mi nueva casa con las noticias que le acabamos de 'subir'. Visito el portal y me doy cuenta que ya no escucharé la voz de David sino la de Franca, que ya no oiré el clásico «¿y compadre, cómo te fue?» de Carlos cuando vuelva de una comisión, que ya no tendré que llamar a Silvia para coordinar unas fotos y que desde mi nuevo sitio ya no escucharé a Giulianna, Mirta, Amelia o Liliana, o que al voltear mi asiento ya no escucharé las preguntas de Hedler o las risas de la señora María. Todo eso ya no sucederá.

Ahora, me reuno con Franca y Roxana, mis nuevas compañeras. Conversamos, coordinamos, y me doy cuenta que ya me acostumbré a ese cómodo sofá desde el que escucho mis instrucciones para la semana. Franca me invita un café y lo bebo mientras escucho sus ideas, y ella hace lo propio cuando escucha las mías. Este ritual, que nadie planeó pero que observamos en cada reunión, se va convirtiendo en parte de nuestras nuevas vidas; porque también es algo nuevo para ellas.

Son ya más de siete meses desde que cambié pero aún sigo tomando mi desayuno en mi vieja taza; quizás deba dejar de hacerlo y pedirle a Franca que saquemos una taza CIO, así podré guardar la anterior.

lunes, 3 de agosto de 2009

Dejar de hacer cosas

Sentí muy diferentes las pasadas Fiestas Patrias. Desde que tengo uso de razón recuerdo esperarlas con ansias porque eran el momento de dejar de hacer cosas. De chico dejaba de ir al colegio, de jóven dejaba las clases de la universidad, y luego, ya mayor, dejaba de ir al trabajo.

Sin embargo, las Fiestas de este año me dejaron con una extraña sensación pues ya no pude "dejar de hacer algo". El ser un teletrabajador me ha librado de ir a una oficina pero también me ha privado de la agradable sensación de "dejar de ir" a ella. Salvo las ocasiones en que tengo que salir a entrevistar a alguien me paso el día entero en mi casa escribiendo en la computadora, haciendo llamadas, o simplemente buscando información en Internet.

No tengo un punto con el cual separar mi vida particular de mis actividades laborales. Antes el llegar a la oficina me decía que era momento de trabajar, ahora no cuento con esa separación tan evidente. Del mismo modo, al final del día, no tengo algo que me diga que ya terminó el horario de trabajo. He perdido esos límites para bien, y para mal.

Pensé que el trabajar desde casa me iba a afectar de otras formas. Leí sobre el tema y las advertencias con respecto a la disciplina de los tiempos de trabajo, la soledad y la falta de la infraestructura eran los más recurrentes entre los "peligros" de ser un teletrabajador. Nada, o muy poco, se ha escrito sobre la sensación que experimento ahora.

Ya no puedo "dejar de ir a la oficina". Quizás en esta nueva etapa en mi vida esa sea una de las cosas que voy a extrañar y realmente no me lo esperaba.

lunes, 27 de julio de 2009

Aquello que queremos evitar

Nunca me gustaron los velorios. Recuerdo que la primera vez que fui a uno de ellos era muy pequeño y creo que no terminaba de entender lo que sucedía.

Todos los vecinos de mi cuadra -al menos eso me parecía- se encontraban sentados en la pequeña casa de mi vecina en Magdalena, conversando alrededor de un ataud que estaba rodeado de flores. La Sra. Beta, amiga de mi mamá, estaba a un lado recibiendo las condolencias de los vecinos y amigos. Me acerqué y le dije lo que mis padres me dijeron: «mis mas sentidas condolencias». No sabía entonces qué eran las condolencias pero sabía que tenía que decírselo en el tono más suave y delicado posible, porque eso era lo que todos habían hecho.

Me llevaron a ver a Don Hilario, que era el esposo fallecido de la Sra. Beta. Él se encontraba en el ataud en medio de una sala a la que muchas veces entré corriendo para jugar con su nieta. Él se veía diferente. Su rostro mostraba una expresión de dolor que no comprendía y se encontraba tapado con algodones por todos lados. ¿Para qué tengo que ver esto?, pensé. No era el viejo amigable que me sonreía o que conversaba de vez en cuando con mis padres en mi casa. No era él, sencillamente.

Nunca más quise volver a acercarme a un ataud. Prefiero recordar a la persona como era, con sus sonrisas, sus enojos o sus comilonas. De hecho, en algún momento, me propuse ni siquiera asistir a otro velorio. Pero no pude.

En muchas ocasiones mis padres, mi novia o mis amigos me han animado a ir porque «eso es lo correcto». La verdad, terminaba yendo muchas veces por cumplir, porque era lo que se esperaba de uno.

Detesté los velorios y los entierros porque mi mente se concentraba en el dolor que observaba alrededor. Creo que dentro de mi cabeza reinaba la tonta idea que el dolor desaparecería si no lo veía, que la gente estaría menos triste si no la veía llorar, o que era más sencillo olvidar la partida de alguien si no era testigo del adios.

Me di cuenta que eso no era cierto. Una amiga me dijo alguna vez que muchos de nosotros intentamos escapar al dolor, pero que eso no es posible. El dolor no va a desaparecer negándolo. Tenía razón.

Aún me quedan algunos resquicios de ese temor pero ahora ya no voy sólo por el cumplimiento de un convencionalismo sino con el ánimo de reconfortar al amigo, aunque no lo logre. Sé que lo único que puedo hacer es decirle «siento el mismo dolor que tú».

Ahora sé que son las condolencias. Es expresarle a mi amigo que participo de su dolor, y al hacerlo, tratar de reconfortarlo.

¿Por qué escribo esto? Porque nuevamente me ha tocado asistir a la partida de una persona cercana. La esposa de un buen amigo de mi novia Liliana se fue hace poco. Creo que tenía la misma edad que nosotros, y seguramente mucho que vivir aún. Su pequeño hijo soltó unos globos blancos y su esposo -a quien conocía como persona cordial y alegre- se retiró por un momento a un lado de la ceremonia porque no pudo con su enorme tristesa.

Me puse a pensar lo que se siente perder a la compañera con quien planeas vivir toda tu vida, y eso me bastó para comprender su pesar y para decirle luego al final de la ceremonia que, en verdad, lo sentía mucho.