El título de esta entrada es medio prestado. El original lo uso Alberto Fuguet en un post de su blog («La tierra bajo nuestros pies») y estaba acompañado por una foto que se convirtió en el símbolo del dolor y la devastación de Chile, luego del terremoto.
En esa foto un hombre sostiene, en medio de la destrucción dejaba por el tsunami, una bandera chilena rota y enlodada. Al verla uno no termina de convencerse que esos escombros que llenan la imagen alguna vez fueron parte de una ciudad de un país con el que tantas veces nos hemos comparado.
Chile se convirtió, por obra de la catástrofe, en el tema de conversación y de la noticia durante las últimas dos semanas. Sin embargo, antes se había convertido en nuestro benchmark, en el obligado punto de referencia para todo lo bueno y malo que nuestro país podía hacer en economía, negocios, cultura y hasta educación.
Con Chile desarrollamos así una relación ambivalente que se basaba, a la vez, en la envidia por sus asombrosas cifras económicas pero también en el rencor por las historias de maltrato hacia nuestros compatriotas.
¿Cómo confiar en un país que compra tantas armas, que maltrata a nuestros compatriotas, que se atribuye nuestro patrimonio, que nos ganó una guerra?
domingo, 14 de marzo de 2010
sábado, 6 de febrero de 2010
Yo también estuve ahí
Hubiese querido escribir esta entrada antes, pero ya me conocen, soy flojo. Sin embargo, como señala el dicho, «no hay mal que por bien no venga». Estos días de inactividad bloguera me han servido para revisar, con serenidad, lo que otros han escrito sobre el acontecimiento que es el centro de mi nueva crónica: el concierto de Metallica.
No me fue difícil encontrar las crónicas, de hecho, no tuve que hacerlo pues mi amigo Carlos, seguramente extasiado por el estilo de la crónicas que hallaba, me enviaba los enlaces para que yo también pudiera leer lo que otros habían vivido en el concierto.
Hay crónicas muy vivas, que te transportan a la cancha del estadio de San Marcos y te hacen sentir incluso el calor de los fuegos artificiales que reventaron durante esa noche. Las palabras, las interjecciones me dicen que esos blogueros no solo saben escribir bien, sino que de verdad sintieron el concierto en el alma.
| Con Carlos, al final del concierto. |
Hay crónicas muy vivas, que te transportan a la cancha del estadio de San Marcos y te hacen sentir incluso el calor de los fuegos artificiales que reventaron durante esa noche. Las palabras, las interjecciones me dicen que esos blogueros no solo saben escribir bien, sino que de verdad sintieron el concierto en el alma.
viernes, 1 de enero de 2010
Primeras reflexiones de 2010
Se fue 2009, un año de cambios para mí. Y, sin duda, uno de los más significativos fue mi salida de la revista, luego de más de 12 años.
La verdad, aún me cuesta hacerme a la idea, o algo así. Cada mañana aún desayuno con mi taza 'Business' y al cambiarme en mi habitación veo la larga fila de revistas que durante más de una docena de años he guardado en mi librero, como si aún las necesitara para recordar algún viejo artículo mío o el de alguno de los amigos que han pasado por la publicación.
Y ciertamente hice muchos amigos. Vuelvo a darme cuenta de ello cuando abro mi Facebook o la lista de contactos de mi correo electrónico y observo la extensa lista de amigos catalogados como 'businescos', aquellos con los que trabajé en la revista. Ahí se encuentran algunos amigos que siguen trabajando como periodistas de negocios y economía, o que han encontrado su destino en el campo de la cultura o la literatura (sobre todo los ex correctores); también se encuentran amigas que ahora se encuentran en el extranjero dedicadas al esforzado trabajo de ser una buena madre, y otras dedicadas a actividades tan diversas como temas tenía la revista. Son muchos amigos y amigas, realmente.
Todo eso lo dejé atrás, de la misma forma en que otros lo hicieron hace ya bastante tiempo, o recientemente. Antes los veía desde el lado del que se quedaba en el barco, ahora me tocó a mí abandonar la nave.
La sensación fue rara, nada que yo hubiera podido imaginar. A pesar que la decisión fue un acto completamente racional el llevarla a cabo chocó con mucho de mis sentimientos. Quizás fue los años, el cariño, o simplemente la costumbre de hacer algo todos los días; no lo sé exactamente, pero sí me doy cuenta que aún no he digerido por completo la experiencia.
He trabajado en la revista más años de los que estuve en el colegio o en la universidad, he conocido más personas y más lugares de los que pensaba conocer, he viajado a las antípodas del mundo y aprendido mucho de lo hermoso y feo que puede ser la actividad del periodista pero, por sobre todo, he vivido casi toda mi vida profesional ahí. Creo que por eso aún mantengo esa rara sensación de pertenencia.
Sin embargo, mis días han cambiado.
Luego del desayuno enciendo mi computadora, ejecuto el navegador y reviso como quedó mi nueva casa con las noticias que le acabamos de 'subir'. Visito el portal y me doy cuenta que ya no escucharé la voz de David sino la de Franca, que ya no oiré el clásico «¿y compadre, cómo te fue?» de Carlos cuando vuelva de una comisión, que ya no tendré que llamar a Silvia para coordinar unas fotos y que desde mi nuevo sitio ya no escucharé a Giulianna, Mirta, Amelia o Liliana, o que al voltear mi asiento ya no escucharé las preguntas de Hedler o las risas de la señora María. Todo eso ya no sucederá.
Ahora, me reuno con Franca y Roxana, mis nuevas compañeras. Conversamos, coordinamos, y me doy cuenta que ya me acostumbré a ese cómodo sofá desde el que escucho mis instrucciones para la semana. Franca me invita un café y lo bebo mientras escucho sus ideas, y ella hace lo propio cuando escucha las mías. Este ritual, que nadie planeó pero que observamos en cada reunión, se va convirtiendo en parte de nuestras nuevas vidas; porque también es algo nuevo para ellas.
Son ya más de siete meses desde que cambié pero aún sigo tomando mi desayuno en mi vieja taza; quizás deba dejar de hacerlo y pedirle a Franca que saquemos una taza CIO, así podré guardar la anterior.
La verdad, aún me cuesta hacerme a la idea, o algo así. Cada mañana aún desayuno con mi taza 'Business' y al cambiarme en mi habitación veo la larga fila de revistas que durante más de una docena de años he guardado en mi librero, como si aún las necesitara para recordar algún viejo artículo mío o el de alguno de los amigos que han pasado por la publicación.
Y ciertamente hice muchos amigos. Vuelvo a darme cuenta de ello cuando abro mi Facebook o la lista de contactos de mi correo electrónico y observo la extensa lista de amigos catalogados como 'businescos', aquellos con los que trabajé en la revista. Ahí se encuentran algunos amigos que siguen trabajando como periodistas de negocios y economía, o que han encontrado su destino en el campo de la cultura o la literatura (sobre todo los ex correctores); también se encuentran amigas que ahora se encuentran en el extranjero dedicadas al esforzado trabajo de ser una buena madre, y otras dedicadas a actividades tan diversas como temas tenía la revista. Son muchos amigos y amigas, realmente.Todo eso lo dejé atrás, de la misma forma en que otros lo hicieron hace ya bastante tiempo, o recientemente. Antes los veía desde el lado del que se quedaba en el barco, ahora me tocó a mí abandonar la nave.
La sensación fue rara, nada que yo hubiera podido imaginar. A pesar que la decisión fue un acto completamente racional el llevarla a cabo chocó con mucho de mis sentimientos. Quizás fue los años, el cariño, o simplemente la costumbre de hacer algo todos los días; no lo sé exactamente, pero sí me doy cuenta que aún no he digerido por completo la experiencia.
He trabajado en la revista más años de los que estuve en el colegio o en la universidad, he conocido más personas y más lugares de los que pensaba conocer, he viajado a las antípodas del mundo y aprendido mucho de lo hermoso y feo que puede ser la actividad del periodista pero, por sobre todo, he vivido casi toda mi vida profesional ahí. Creo que por eso aún mantengo esa rara sensación de pertenencia.
Sin embargo, mis días han cambiado.
Luego del desayuno enciendo mi computadora, ejecuto el navegador y reviso como quedó mi nueva casa con las noticias que le acabamos de 'subir'. Visito el portal y me doy cuenta que ya no escucharé la voz de David sino la de Franca, que ya no oiré el clásico «¿y compadre, cómo te fue?» de Carlos cuando vuelva de una comisión, que ya no tendré que llamar a Silvia para coordinar unas fotos y que desde mi nuevo sitio ya no escucharé a Giulianna, Mirta, Amelia o Liliana, o que al voltear mi asiento ya no escucharé las preguntas de Hedler o las risas de la señora María. Todo eso ya no sucederá.
Ahora, me reuno con Franca y Roxana, mis nuevas compañeras. Conversamos, coordinamos, y me doy cuenta que ya me acostumbré a ese cómodo sofá desde el que escucho mis instrucciones para la semana. Franca me invita un café y lo bebo mientras escucho sus ideas, y ella hace lo propio cuando escucha las mías. Este ritual, que nadie planeó pero que observamos en cada reunión, se va convirtiendo en parte de nuestras nuevas vidas; porque también es algo nuevo para ellas.
Son ya más de siete meses desde que cambié pero aún sigo tomando mi desayuno en mi vieja taza; quizás deba dejar de hacerlo y pedirle a Franca que saquemos una taza CIO, así podré guardar la anterior.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Depeche 2
¿Dónde me quedé? Ah si, nos metimos al concierto y comenzamos a buscar posiciones. Ya adentro pudimos ver con envidia a los de la primera zona, los más cercanos a la tribuna, pero también a los de la tercera zona, felices de ya no estar tan lejos.
Como aún no iniciaba el concierto la gente se movia por todos lados, buscando como nosotros la mejor posición.
Primero probamos por el lado derechoLa vista era buena, pero decidimos pasar al lado izquierdo, más allá de la torre central, bajo el argumento que "a nadie se le ocurre ir ahí, todos se quedan por acá nomás". El argumento tenía lógica, pero no fue acertado. Igual la gente, al parecer, razonó de manera similar, así que el lado izquierdo se encontraba tan o más lleno que el derecho.
Volvimos sobre nuestros pasos y nos acomodamos en el lado derecho, con vista directa al escenario gracias a un "tunel" (espacio libre de cabezas entre la multitud) que localizamos casi al centro de la masa de personas. Nos posicionamos y mis amigos dijeron "quédate, vamos por unas cervezas", y me quedé en mi función de hito del lugar escogido.
Y cuando los tres se hubieron ido la gente comenzó a gritar. Una parte circular de la pantalla, arriba al centro, mostraba el logo de Depeche girando, lo que se entendió entonces como la inminencia del inicio del concierto. Y tuvieron razón, al poco tiempo fueron apareciendo los músicos, el cantante principal -"se parece a Pizarro", escuché por ahí-, y la pantalla comenzó a cambiar de colores, dando lugar a las imágenes de un anciano blanco a un lado y de un niño negro en el otro; y donde giraba el logo apareció el perfil de una mujer que parecía subir -sin moverse- una escalera sin fin.
Saqué mi cámara y comencé a filmar. El poco tiempo entre la adquisición de la cámara -en realidad, un regalo- y el concierto me impidió comprarme una tarjeta de memoria de gran capacidad por lo que sólo llevé la que tenía de mi cámara anterior. Sólo tenía memoria suficiente para unos minutos de video, en baja resolución, pero "aunque sea pues", pensé. Mis amigos no aparecían así que tuve que comenzar la filmación sin ellos y despreocupándome de que me localicen o no cuando vuelvan, más me interesaba filmar el inicio del concierto.
Y eso hice. Comencé a grabar y me sentía emocionado por la música que comenzaba a mover a la gente. Gritos de chicas y de chicos marcaban un ambiente de fiesta eufórica muy agradable y me dejé llevar por los compases de "In Chains" cuando al volver a revisar la pantalla de la cámara para verificar el encuadre -eso es lo malo cuando grabas, tienes que estar pendiente de esos detalles- vi la maldita señal "Low Battery" parpadeando con una tonalidad naranja que poco después pasó a roja. "Maldición, ¿por qué no cargué la batería?", me reproché a mí mismo.
Asado contra mi propia persona decidí guardar lo poco que quedaba de batería para unas cuantas fotos, las del recuerdo, las que no deben faltar nunca cuando vas a un concierto. Carlos y los Juanchos llegaron y comenzaron a pedir foto, pero "ya no hay batería" les tuve que decir, y luego de lamentarse empezaron a concentrarse en la canción. Comenzaron a gritar y yo me sentí poco a poco aliviado, dejando la asadera atrás y enfocándome en el propio concierto.
Las canciones pasaron y Carlos grababa con su grabadora digital lo que pensaba iba a ser un "Live Depeche Mode in Lima". Pero luego, al revisar lo grabado, nos dimos cuenta que tener la máquina en el bolsillo, por comodidad, no fue una buena idea. La grabación tenía un volumen muy bajo, así que Carlos tuvo que sostener la grabadora como si se tratara de un micrófono.
Lo hizo justo a tiempo. Alcanzó a grabar una buena versión de "Personal Jesus" que cargo en mi iPod como recuerdo de aquella noche. Es una grabación muy especial en la que se nos escucha pidiendo a la banda "un saludo para Huánuco", sin duda, una solicitud producto de los vasos de cerveza ya consumidos.
En general, fue una buena noche. Vimos a los Depeche; no tan cerca como hubieramos querido, pero poco a poco se llega adelante.
Por lo pronto ya sabemos que en el concierto de Metallica no vamos a disfrutar de esa peligrosa y emocionante posición. Las entradas son caras, además, se agotaron a las 3 horas que comenzaron a venderse.
Veamos como nos va en los próximos conciertos: Metallica, Cranberries, Guns... quién falta? Ah sí, quizás U2 y Paul McCartney. Quien sabe.
| Juancho, Carlos y el otro Juancho. |
Primero probamos por el lado derechoLa vista era buena, pero decidimos pasar al lado izquierdo, más allá de la torre central, bajo el argumento que "a nadie se le ocurre ir ahí, todos se quedan por acá nomás". El argumento tenía lógica, pero no fue acertado. Igual la gente, al parecer, razonó de manera similar, así que el lado izquierdo se encontraba tan o más lleno que el derecho.
Volvimos sobre nuestros pasos y nos acomodamos en el lado derecho, con vista directa al escenario gracias a un "tunel" (espacio libre de cabezas entre la multitud) que localizamos casi al centro de la masa de personas. Nos posicionamos y mis amigos dijeron "quédate, vamos por unas cervezas", y me quedé en mi función de hito del lugar escogido.
Y cuando los tres se hubieron ido la gente comenzó a gritar. Una parte circular de la pantalla, arriba al centro, mostraba el logo de Depeche girando, lo que se entendió entonces como la inminencia del inicio del concierto. Y tuvieron razón, al poco tiempo fueron apareciendo los músicos, el cantante principal -"se parece a Pizarro", escuché por ahí-, y la pantalla comenzó a cambiar de colores, dando lugar a las imágenes de un anciano blanco a un lado y de un niño negro en el otro; y donde giraba el logo apareció el perfil de una mujer que parecía subir -sin moverse- una escalera sin fin.
Saqué mi cámara y comencé a filmar. El poco tiempo entre la adquisición de la cámara -en realidad, un regalo- y el concierto me impidió comprarme una tarjeta de memoria de gran capacidad por lo que sólo llevé la que tenía de mi cámara anterior. Sólo tenía memoria suficiente para unos minutos de video, en baja resolución, pero "aunque sea pues", pensé. Mis amigos no aparecían así que tuve que comenzar la filmación sin ellos y despreocupándome de que me localicen o no cuando vuelvan, más me interesaba filmar el inicio del concierto.
Y eso hice. Comencé a grabar y me sentía emocionado por la música que comenzaba a mover a la gente. Gritos de chicas y de chicos marcaban un ambiente de fiesta eufórica muy agradable y me dejé llevar por los compases de "In Chains" cuando al volver a revisar la pantalla de la cámara para verificar el encuadre -eso es lo malo cuando grabas, tienes que estar pendiente de esos detalles- vi la maldita señal "Low Battery" parpadeando con una tonalidad naranja que poco después pasó a roja. "Maldición, ¿por qué no cargué la batería?", me reproché a mí mismo.
| Yo y Carlos con el escenario de fondo. |
Las canciones pasaron y Carlos grababa con su grabadora digital lo que pensaba iba a ser un "Live Depeche Mode in Lima". Pero luego, al revisar lo grabado, nos dimos cuenta que tener la máquina en el bolsillo, por comodidad, no fue una buena idea. La grabación tenía un volumen muy bajo, así que Carlos tuvo que sostener la grabadora como si se tratara de un micrófono.
Lo hizo justo a tiempo. Alcanzó a grabar una buena versión de "Personal Jesus" que cargo en mi iPod como recuerdo de aquella noche. Es una grabación muy especial en la que se nos escucha pidiendo a la banda "un saludo para Huánuco", sin duda, una solicitud producto de los vasos de cerveza ya consumidos.
En general, fue una buena noche. Vimos a los Depeche; no tan cerca como hubieramos querido, pero poco a poco se llega adelante.
Por lo pronto ya sabemos que en el concierto de Metallica no vamos a disfrutar de esa peligrosa y emocionante posición. Las entradas son caras, además, se agotaron a las 3 horas que comenzaron a venderse.
Veamos como nos va en los próximos conciertos: Metallica, Cranberries, Guns... quién falta? Ah sí, quizás U2 y Paul McCartney. Quien sabe.
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