Ahora que la comida es un símbolo de peruanidad y que estamos dispuestos a invertir una parte de nuestras vidas en interminables filas con tal de saborear a los ‘consagrados’, recuerdo una época de mi vida en la que la comida era increíblemente deliciosa y monopólicamente mía; sin colas y sin esperas.
Ese paraíso gastronómico existía hace unos 30 años en la azotea de la casa de mi tía en Huánuco. Mi madre, mi tía, mis dos primas y yo nos reuníamos –durante mis vacaciones de colegio, en el verano– en ese escondido lugar para saborear durante horas una innumerable cantidad de anticuchos que habían sido elaborados ‘desde cero’ por mi madre y mi tía. La preparación de esos manjares tomaba todo un día –de hecho se tenía que comenzar el día anterior– pero el resultado fueron unas deliciosas tardes que han quedado en mi memoria como una marca de felicidad difícil de superar.
La casa era antigua, de quincha y adobe, aunque la mitad trasera era de cemento. En esa parte, sobre una pequeña cocina, se había acondicionado una pequeña azotea que servía para airear las ropas recién lavadas y ofrecer descanso a Perico, el simpático perro de mi tía.
La preparación de los anticuchos comenzaba con una visita al mercado central de Huánuco. Ahí se conseguían los corazones de res –dos, para dejar satisfechos a todos– y los palitos para ensartar los generosos trozos que comeríamos. También ahí se conseguían los demás ingredientes necesarios para la elaborar la salsa en la que se dejarían los trozos de corazón de un día para otro –marinar, creo que es el término– y que adquirieran ese inolvidable sabor.
lunes, 10 de junio de 2013
sábado, 8 de junio de 2013
Mi incursión en la política
Recuerdo que hace muchos años un pariente mío decidió postular a la alcaldía de mi distrito; bueno, en realidad lo postularon fruto de su participación en una reunión partidaria en la que él era el único vecino del distrito en el que vivía.
– ¿Quién vive ahí?, preguntó, de acuerdo a otro pariente mío que participó en la misma reunión partidaria, uno de los organizadores del evento.
Mi pariente levantó inocentemente su mano.
– Tú serás el candidato entonces, organiza tu comité de campaña; le dijeron, de acuerdo siempre al mismo otro pariente.
Obviamente su “comité de campaña” era un eufemismo para referirse a los parientes y amigos que aceptaran ayudarlo en la empresa electoral. Uno de los cuales fui yo.
Mi participación fue básicamente anímica hasta bien entrada la campaña. De hecho, fue mi hermano, diestro en la confección de carteles, el que me iba poniendo al tanto de los avances de nuestro pariente.
Nuestro candidato era optimista. El alcalde de ese entonces era un acciopopulista que no había realizado una gestión que se podría considerar exitosa. El distrito no se encontraba en su mejor momento y eso abonaba a la posibilidad de ganarle en la contienda electoral.
– ¿Quién vive ahí?, preguntó, de acuerdo a otro pariente mío que participó en la misma reunión partidaria, uno de los organizadores del evento.
Mi pariente levantó inocentemente su mano.
– Tú serás el candidato entonces, organiza tu comité de campaña; le dijeron, de acuerdo siempre al mismo otro pariente.
Obviamente su “comité de campaña” era un eufemismo para referirse a los parientes y amigos que aceptaran ayudarlo en la empresa electoral. Uno de los cuales fui yo.
Mi participación fue básicamente anímica hasta bien entrada la campaña. De hecho, fue mi hermano, diestro en la confección de carteles, el que me iba poniendo al tanto de los avances de nuestro pariente.
Nuestro candidato era optimista. El alcalde de ese entonces era un acciopopulista que no había realizado una gestión que se podría considerar exitosa. El distrito no se encontraba en su mejor momento y eso abonaba a la posibilidad de ganarle en la contienda electoral.
viernes, 29 de marzo de 2013
Semana Santa
Cuando vi pasar la procesión frente a mi casa no me atreví a salir. Había mucha gente, era de noche y a los pocos años que tenía entonces sólo me quedó observar por la ventana. Cristo se veía agonizante, adolorido y los rostros de mis vecinos –de mis vecinas, especialmente– denotaban algo de tristeza. Creo que no entendía la devoción o al menos no sabía cómo encontrarla en esos rostros tristes.
No entendía tampoco porque habían matado a Jesús. Después de todo, no hizo nada malo, de acuerdo a todas las películas que había visto entonces. Jesús era el héroe que ofrendaba su vida por nosotros, pero yo no entendía porqué. Si hubiese muerto sacando del fuego a alguien, o hubiese cambiado su vida a cambio de que los romanos no mataran a los judíos lo hubiese entendido más fácilmente. Pero nadie me explicó.
Sólo cuando crecí y –hay que decir la verdad– me lo explicaron unos amigos evangélicos, comprendí el algo intrincado mecanismo que hacía que su muerte nos salvara. Entonces lo comprendí, y también entendí porqué no me habían explicado nada de chico: no lo hubiera entendido.
No entendía tampoco porque habían matado a Jesús. Después de todo, no hizo nada malo, de acuerdo a todas las películas que había visto entonces. Jesús era el héroe que ofrendaba su vida por nosotros, pero yo no entendía porqué. Si hubiese muerto sacando del fuego a alguien, o hubiese cambiado su vida a cambio de que los romanos no mataran a los judíos lo hubiese entendido más fácilmente. Pero nadie me explicó.
Sólo cuando crecí y –hay que decir la verdad– me lo explicaron unos amigos evangélicos, comprendí el algo intrincado mecanismo que hacía que su muerte nos salvara. Entonces lo comprendí, y también entendí porqué no me habían explicado nada de chico: no lo hubiera entendido.
martes, 26 de marzo de 2013
La leva
Recuerdo que me encontraba en un autobús rumbo a Huacho por la carretera Panamericana para una reunión. Iba con unos amigos de la universidad cuando repentinamente sentimos que el bus se había detenido, luego de unos instantes unos soldados ingresaron al bus y mirando a los rostros me escogieron a mí y a otro chico. “Bajen”, nos dijeron.
El que daba las órdenes aparentemente era un sargento, o algo así, y sin esperar ninguna respuesta se bajó del bus esperando que lo siguiéramos. Cuando bajé me acerqué a uno de los soldados, el que más ‘cara de buena gente’ tenía y le pregunté qué podía hacer. “¿Tienes un documento o algo de que hayas hecho servicio?”, me preguntó. “Sí”, le dije, y volví a subir al bus para buscar en mi maleta mi libreta militar.
En Lima ‘algo’ me dijo que sería mejor llevarla ‘por si acaso’ y por ello la tenía conmigo cuando nos detuvieron. Bajé con mi libreta de la Marina en la que decía “Reserva Disponible” –había ingresado a la PUCP, así que por ello me exoneraron– y se la mostré al sargento.
El que daba las órdenes aparentemente era un sargento, o algo así, y sin esperar ninguna respuesta se bajó del bus esperando que lo siguiéramos. Cuando bajé me acerqué a uno de los soldados, el que más ‘cara de buena gente’ tenía y le pregunté qué podía hacer. “¿Tienes un documento o algo de que hayas hecho servicio?”, me preguntó. “Sí”, le dije, y volví a subir al bus para buscar en mi maleta mi libreta militar.
En Lima ‘algo’ me dijo que sería mejor llevarla ‘por si acaso’ y por ello la tenía conmigo cuando nos detuvieron. Bajé con mi libreta de la Marina en la que decía “Reserva Disponible” –había ingresado a la PUCP, así que por ello me exoneraron– y se la mostré al sargento.
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