martes, 11 de agosto de 2009

Recuerdos de Haruhiko

Escribo un poco tarde porque, como siempre, se me pasan las horas contemplando la pantalla frente a mí, leyendo, buscando y probando cada sitio web que se me pone por delante. Creo que es una manía. Debo dominarla.

Creo que también no me animaba a escribir porque he notado que últimamente mis entradas no hablan sino de las etapas más tristes de mi vida. Cualquiera que las leyera pensaría que mi existencia no es más que el transcurrir lineal de una mala experiencia tras otra, y en realidad no lo es.

Tengo también mis momentos de alegría, de relax, de pasar el tiempo con mi delgada o con mis amigos. Y gracias a Dios esos momentos no son pocos.

Uno de ellos fue la reciente presentación del libro de mi amigo (pata) Pepe Donayre. Su más reciente obra, intitulada «Haruhiko & Ginebra», fue presentada al público durante la última Feria del Libro.


Ese día planee encontrarme con mi delgada en el magno evento, sin embargo sus compromisos laborales le impidieron llegar a tiempo para la presentación. Afortunadamente, al llegar, me topé con Yessica, una antigua compañera de la revista, y juntos nos arrellanamos en las sillas de plástico para escuchar la presentación.

Entre comentarios jocosos –de esos que no se pueden publicar en un blog– escuchamos a los expositores que flanqueaban a mi pata. Pepe, con una expresión adusta, parecía escucharlos con atención.

La sala estaba expectante por lo que decían, por los análisis vertiginosos que lanzaban sobre la obra, y sobre todo por la posibilidad de ver, en persona, a un autor.

Noté ciertas ausencias. Primero la de mi delgada. Segundo, la de Giancarlo, a quien ciertamente esperaba ver en la sala; e inclusive, no sé por qué, esperaba ver al crítico Javier Agreda, que me dijo que conocía a Pepe, y supuse que estaría ahí. Bueno, también me extrañó que Mario, pareja de Yessica y uno de los mortales más alegres que he conocido en este planeta –para los que no conocen a Mario, por siaca, estoy siendo irónico– no se encontrara en el lugar.

Creo que Pepe también notó las ausencias, sobre todo la de Giancarlo. No creo ser chismoso al simplemente recordar lo que Pepe dijo frente a un auditorio, micrófono en mano, de Giancarlo: «Me vengaré», o algo así. La próxima presentación del número 16 de El Hablador, sería el espacio indicado, refirió el prosista Donayre.

Al terminar la presentación Pepe bajó al llano y comenzó a agradecer personalmente la presencia de los amigos, conocidos, familiares, fans –vi que le pidieron autógrafo, así que considero que tiene fans– y chismosos.

Lástima que la obra en mención no se encontraba disponible en ese momento. «Podrán adquirirla en Barranco», creo que dijo. Uhmmm.

Luego de unos cuantos abrazos y besos, Pepe llegó hasta nosotros, o nosotros hasta él, creo, y nos agradeció el estar ahí. Su abrazo fue efusivo, sincero, muy amical, y espero que no se haya visto muy gay.

Nos pusimos al día en pocos segundos. «Ya no estoy en la revista» y bla, bla, bla… lo usual, lo que conversas con un pata que no ves hace tiempo y que tiene una fila de gente esperando su saludo, todo rápido, pero todo divertido y en buena onda, hasta relajante diría yo.

El evento terminó y salimos de la sala. Afuera en la puerta de la Feria me esperaba mi delgada y me despedí de Yessica.

Con ella caminamos un rato husmeando entre los stands. Compramos algunos libros (Yes!!!) y luego de un buen rato nos encontramos con Giancarlo. «No fuiste a la presentación del libro de Pepe»… «Si pues, no llegué» Le comenté (chismee) sobre las posibles represalias de Pepe para su próximo evento, y no pudo más que sonreír por la ocurrencia, o por el nerviosismo.

Por su puesto, días después, fui a la presentación del número 16 de El Hablador, ahora si con mi delgada –de hecho, ella llegó mucho antes que yo– y esperaba ver la revancha literaria de Pepe.

Pero creo que eso mejor lo dejo para la semana siguiente.

lunes, 3 de agosto de 2009

Dejar de hacer cosas

Sentí muy diferentes las pasadas Fiestas Patrias. Desde que tengo uso de razón recuerdo esperarlas con ansias porque eran el momento de dejar de hacer cosas. De chico dejaba de ir al colegio, de jóven dejaba las clases de la universidad, y luego, ya mayor, dejaba de ir al trabajo.

Sin embargo, las Fiestas de este año me dejaron con una extraña sensación pues ya no pude "dejar de hacer algo". El ser un teletrabajador me ha librado de ir a una oficina pero también me ha privado de la agradable sensación de "dejar de ir" a ella. Salvo las ocasiones en que tengo que salir a entrevistar a alguien me paso el día entero en mi casa escribiendo en la computadora, haciendo llamadas, o simplemente buscando información en Internet.

No tengo un punto con el cual separar mi vida particular de mis actividades laborales. Antes el llegar a la oficina me decía que era momento de trabajar, ahora no cuento con esa separación tan evidente. Del mismo modo, al final del día, no tengo algo que me diga que ya terminó el horario de trabajo. He perdido esos límites para bien, y para mal.

Pensé que el trabajar desde casa me iba a afectar de otras formas. Leí sobre el tema y las advertencias con respecto a la disciplina de los tiempos de trabajo, la soledad y la falta de la infraestructura eran los más recurrentes entre los "peligros" de ser un teletrabajador. Nada, o muy poco, se ha escrito sobre la sensación que experimento ahora.

Ya no puedo "dejar de ir a la oficina". Quizás en esta nueva etapa en mi vida esa sea una de las cosas que voy a extrañar y realmente no me lo esperaba.

lunes, 27 de julio de 2009

Aquello que queremos evitar

Nunca me gustaron los velorios. Recuerdo que la primera vez que fui a uno de ellos era muy pequeño y creo que no terminaba de entender lo que sucedía.

Todos los vecinos de mi cuadra -al menos eso me parecía- se encontraban sentados en la pequeña casa de mi vecina en Magdalena, conversando alrededor de un ataud que estaba rodeado de flores. La Sra. Beta, amiga de mi mamá, estaba a un lado recibiendo las condolencias de los vecinos y amigos. Me acerqué y le dije lo que mis padres me dijeron: «mis mas sentidas condolencias». No sabía entonces qué eran las condolencias pero sabía que tenía que decírselo en el tono más suave y delicado posible, porque eso era lo que todos habían hecho.

Me llevaron a ver a Don Hilario, que era el esposo fallecido de la Sra. Beta. Él se encontraba en el ataud en medio de una sala a la que muchas veces entré corriendo para jugar con su nieta. Él se veía diferente. Su rostro mostraba una expresión de dolor que no comprendía y se encontraba tapado con algodones por todos lados. ¿Para qué tengo que ver esto?, pensé. No era el viejo amigable que me sonreía o que conversaba de vez en cuando con mis padres en mi casa. No era él, sencillamente.

Nunca más quise volver a acercarme a un ataud. Prefiero recordar a la persona como era, con sus sonrisas, sus enojos o sus comilonas. De hecho, en algún momento, me propuse ni siquiera asistir a otro velorio. Pero no pude.

En muchas ocasiones mis padres, mi novia o mis amigos me han animado a ir porque «eso es lo correcto». La verdad, terminaba yendo muchas veces por cumplir, porque era lo que se esperaba de uno.

Detesté los velorios y los entierros porque mi mente se concentraba en el dolor que observaba alrededor. Creo que dentro de mi cabeza reinaba la tonta idea que el dolor desaparecería si no lo veía, que la gente estaría menos triste si no la veía llorar, o que era más sencillo olvidar la partida de alguien si no era testigo del adios.

Me di cuenta que eso no era cierto. Una amiga me dijo alguna vez que muchos de nosotros intentamos escapar al dolor, pero que eso no es posible. El dolor no va a desaparecer negándolo. Tenía razón.

Aún me quedan algunos resquicios de ese temor pero ahora ya no voy sólo por el cumplimiento de un convencionalismo sino con el ánimo de reconfortar al amigo, aunque no lo logre. Sé que lo único que puedo hacer es decirle «siento el mismo dolor que tú».

Ahora sé que son las condolencias. Es expresarle a mi amigo que participo de su dolor, y al hacerlo, tratar de reconfortarlo.

¿Por qué escribo esto? Porque nuevamente me ha tocado asistir a la partida de una persona cercana. La esposa de un buen amigo de mi novia Liliana se fue hace poco. Creo que tenía la misma edad que nosotros, y seguramente mucho que vivir aún. Su pequeño hijo soltó unos globos blancos y su esposo -a quien conocía como persona cordial y alegre- se retiró por un momento a un lado de la ceremonia porque no pudo con su enorme tristesa.

Me puse a pensar lo que se siente perder a la compañera con quien planeas vivir toda tu vida, y eso me bastó para comprender su pesar y para decirle luego al final de la ceremonia que, en verdad, lo sentía mucho.

domingo, 5 de julio de 2009

Alicia y Michael por la Venezuela

Volviendo de comprar algunos artículos en el supermercado, paso de noche a lo largo de la Av. Venezuela junto con mi delgada y lo que vemos es una repetición casi al infinito de videos de Alicia Delgado y Michael Jackson.

Conciertos, reportajes, entrevistas, parece que los grandes mayoristas de la piratería han aprovechado el timing y han inundado el mercado con videos de los artistas fallecidos. ¿Por qué será que apreciamos a las personas cuando mueren? Hace mucho que no escuchaba una canción de Jacko en las radios, y hoy escuché "Thriller" incluso como fondo de mis compras en el Plaza Vea. La verdad a Alicia Delgado no la había escuchado mucho, y ahora escribo este post con uno de sus huaynos de fondo, cortesía de CPN.

Ha sido una semana marcada por los detalles escabrosos de la muerte de estas dos personas y parece que aún tenemos para largo. Parece que no nos basta saber que Michael murió por el abuso de medicamentos, sino que nos empecinamos en averiguar qué combinación de fármacos le fue fatal. Ahora sabemos cuánto pesaba al morir y hasta el hecho de que ya estaba atacado por la calvicie.

De Alicia sabemos el número exacto de puñaladas y las dimensiones del cuchillo con el que se la apuñaló. Determinamos que tuvo relaciones íntimas poco antes de su muerte y que probablemente estuvo envuelta en un triángulo amoroso con personas de su círculo íntimo.

Nos fascinamos con los detalles y calificamos como muy peligrosas las relaciones lesbianas cuando estas terminan, en un asolapado acto de homofobia.

Ha sido una semana en que noticieros y diarios, e incluso el Twitter, estuvieron lleno de estas noticias. Ojalá no tengamos que soportar otra semana así.

Felizmente ya no estoy solo. Mi delgada ha vuelto y con ella incluso la semana más pesada se soporta mejor. Al final de nuestra caminata vemos un poco de televisión, un poco de Discovery, para desconectarnos de la actualidad.