Fue una noche Año Nuevo cuando se produjo mi primera historia de hostales y me di cuenta del poder de estos establecimientos. Mis padres y yo regresábamos en el auto a casa luego de haber recibido las celebraciones con los abuelos. En el camino notamos que una de las llantas se comenzaba a bajar así que buscamos inmediatamente un grifo con un 'llantero' que nos pudiera solucionar el problema. Afortunadamente, encontramos uno que decidió recibir el año trabajando en la madrugada del 1 de enero.
Nos estacionamos y comenzó su trabajo. Mi madre y yo nos quedamos dentro del auto mientras mi padre salió para observar al llantero hundir la cámara del neumático, recién inflada, en un cilindro con agua para determinar el número de agujeros, y el precio del servicio.
La 'llantería' quedaba frente a un hostal así que al estacionarnos ahí quedamos perfectamente situados para observar el ingreso de los clientes. Conversaba con mi madre -no recuerdo sobre qué- pero en realidad mi mente contaba el número de parejas que entraban y salían del establecimiento. Ya la cifra de parejas que usaron estas instalaciones aquella noche ha escapado de mi memoria, pero sí me queda el recuerdo de que fueron muchas, y que la 'rotación' de clientes en estos lugares era muy alta. Al menos lo fue en esa noche.
Ya en la universidad se produjo mi segunda historia de hostal. Me encontraba con una amiga caminando por el centro de Lima, conversando sobre diversos asuntos, cuando nos dimos cuenta de la gran cantidad de hostales que había por esa zona y nos sorprendimos de lo poco que cobraban por sus servicios. Recuerdo que la mayoría de los hostales que vimos iniciaban sus tarifarios desde los 10 soles y nos pusimos entonces a conversar sobre el asunto. 10 soles era barato, pero yo le decía a mi amiga que yo había visto incluso precios más económicos: 8 soles. «No puede ser», me dijo ella. Pero yo insistía en que sí, que había locales que llegaban a esos precios. Ella simplemente no me creyó, así que cambiamos nuestra conversación hacia otro tema.
Seguimos caminando por el Centro cuando de pronto vi colgado en la puerta de un hostal un pequeño letrero que decía algo así como: "Habitación 8 soles". Ahí estaba frente a mí la prueba de que sí había locales más baratos que los 10 soles que habíamos visto antes. Pero lamentablemente no se me ocurrió mejor idea para señalar la certeza de mi afirmación anterior a mi amiga que decirle, supongo que en voz muy alta: «¡Ves, te dije que había hostal de 8 soles!».
Por un momento olvidé que estábamos en la calle, rodeados de muchas personas que podrían malinterpretar mis palabras. Mi amiga casi estiró los ojos por la sorpresa -y el roche, supongo- y me dijo «¡cállate!», «Pero mira pues, 8 soles, como te dije», «¡CÁLLATE!». Y recién ahí caí en la cuenta que la gente nos miraba y que seguramente nos estaba empezando a catalogar como a un par de misios.
La tercera historia de hostales se produjo en Magdalena. Había convenido con un par de amigas almorzar en una trattoria nueva para ellas, así que a la hora del almuerzo nos dirigimos hacia allá. Detuvimos un taxi y le indiqué al taxista el lugar al que íbamos. En el camino, ellas en los asientos de atrás y yo en el del copiloto, conversamos sobre el trabajo y sobre lo que nos pasaba en esos momentos. Ya cuando estábamos cerca le dije al conductor que volteara en U al final de la verma central y nos dejara ahí. «¡¿Ahí señor?!», «Sí», le respondí buscando el dinero y sin darme cuenta el motivo de su emoción. No había notado que el "ahí" del taxista era el hostal que quedaba al costado de la trattoria en la que pensábamos comer y que su emoción se debía a que seguramente imaginaba que yo era algo así como el afortunado que se sacó la lotería del sexo.
No era para menos. Mis dos amigas, altas y guapas, no lo sacaron de su error, y por el contrario una de ellas remató el momento con mucha picardía: «¿De nuevo en el mismo hostal? Supongo que ahora si haz traído la cámara para tomar fotos». Yo me reí y lo mismo hizo la otra amiga. El taxista, en cambio, creo que quería darme la mano para felicitarme.
Los que saben de trattorias seguro saben a qué lugar me refiero; supongo que los entendidos en hostales también.
sábado, 28 de agosto de 2010
sábado, 14 de agosto de 2010
No es tristeza, es reflexión
No nos quisieron dar pena sino alegría. Los niños de la Teletón de este año aparecieron ahora en un spot comercial en el que usando los musculosos brazos del Capitán América ocultaban un par de muletas, o superponiendo un disfraz de escarabajo o submarino tapaban su silla de ruedas. Cambiaron así la expresión que naturalmente nos brotaría en el rostro por una sonrisa o quizás por una expresión de sorpresa. Luego una lluvia de aparente confeti nos revelería que el objetivo del esfuerzo era recordarnos que hoy era la Teletón.
Es un buen comercial, pero ello no nos debe hacer olvidar que detrás de él se encuentra una institución que todo los días tiene que lidiar con la tristeza. A la clínica San Juan de Dios acuden padres de familia que no cuentan con el dinero necesario para llevar a sus hijos a una clínica privada, y que solo se pueden dar el 'lujo' de gastar unos cuantos soles en la cura de sus niños.
¿Cuántos soles? Seis nuevos soles (2.11 dólares) por sesión. El precio de una entrada a un cine popular, de un sandwich en un local de precios medios, de seis pasajes en una combi; en general, una 'nada' en comparación con las cifras que mucha gente suele gastar en frivolidades.
Ya en plena Teletón Laura Borlini entrevistó a la madre de uno de los niños que aparecen en las imágenes del comercial, un chico que nació con daño cerebral, y al que tendría que llevar cuatro veces a la semana a la clínica para estimular su cura. En total tendría que gastar 24 soles a la semana en sesiones o un poco menos de 100 soles al mes para seguir con su tratamiento, y sin embargo, aquella pobre mujer dijo que durante seis meses interrumpió el tratamiento porque no tenía el dinero.
¿Te sientes triste ahora? No es cuestión de sentirse triste sino de reflexionar sobre la calidad de vida que deseamos como sociedad. La solidaridad no debe perderse como una de nuestras virtudes, el despegue económico no solo debe servirnos para estar mejor sino también para ayudar a los otros.
Confieso que no he hecho lo suficiente yo mismo, pero me alegra que estos momentos me hagan reflexionar en cuanto a mi participación en actividades solidarias. No debe ser solo la emoción del momento, sino parte de nuestra forma de vida. Y creo que todos los que lean estas líneas sabrán como ayudar a quien lo necesita desde sus respectivas actividades. No solo es cuestión de dinero, también lo es de nuestro tiempo, nuestras habilidades y de las personas a quienes podemos acudir.
Mañana ya no será la Teletón, pero estoy seguro que hay mucha gente en muchos lugares a los que podemos seguir ayudando todos los días del año, todos los años.
Es un buen comercial, pero ello no nos debe hacer olvidar que detrás de él se encuentra una institución que todo los días tiene que lidiar con la tristeza. A la clínica San Juan de Dios acuden padres de familia que no cuentan con el dinero necesario para llevar a sus hijos a una clínica privada, y que solo se pueden dar el 'lujo' de gastar unos cuantos soles en la cura de sus niños.
¿Cuántos soles? Seis nuevos soles (2.11 dólares) por sesión. El precio de una entrada a un cine popular, de un sandwich en un local de precios medios, de seis pasajes en una combi; en general, una 'nada' en comparación con las cifras que mucha gente suele gastar en frivolidades.
Ya en plena Teletón Laura Borlini entrevistó a la madre de uno de los niños que aparecen en las imágenes del comercial, un chico que nació con daño cerebral, y al que tendría que llevar cuatro veces a la semana a la clínica para estimular su cura. En total tendría que gastar 24 soles a la semana en sesiones o un poco menos de 100 soles al mes para seguir con su tratamiento, y sin embargo, aquella pobre mujer dijo que durante seis meses interrumpió el tratamiento porque no tenía el dinero.
¿Te sientes triste ahora? No es cuestión de sentirse triste sino de reflexionar sobre la calidad de vida que deseamos como sociedad. La solidaridad no debe perderse como una de nuestras virtudes, el despegue económico no solo debe servirnos para estar mejor sino también para ayudar a los otros.
Confieso que no he hecho lo suficiente yo mismo, pero me alegra que estos momentos me hagan reflexionar en cuanto a mi participación en actividades solidarias. No debe ser solo la emoción del momento, sino parte de nuestra forma de vida. Y creo que todos los que lean estas líneas sabrán como ayudar a quien lo necesita desde sus respectivas actividades. No solo es cuestión de dinero, también lo es de nuestro tiempo, nuestras habilidades y de las personas a quienes podemos acudir.
Mañana ya no será la Teletón, pero estoy seguro que hay mucha gente en muchos lugares a los que podemos seguir ayudando todos los días del año, todos los años.
jueves, 5 de agosto de 2010
¿Y en mi distrito?
No sé por quién votar en mi distrito. Todo es confuso, y la confusión la inició Unidad Nacional al permitir que sus candidatos a la candidatura distrital colocasen, todos y cada uno de ellos, su propia publicidad. No sé al final quién es el candidato, tendré que averiguar en el Jurado Nacional de Elecciones porque me parece que no todos han sacado todos sus carteles.
El alcalde actual quiere 'repetir el plato' pero creo que no tiene, desde la perspectiva de mi barrio, nada que mostrarnos. Ciertamente el barrio no ha empeorado pero tampoco ha mejorado en nada, simplemente no se siente que haya habido mejora alguna. Creo que como en otros lugares la inseguridad sigue siendo el problema, y la limpieza no es de las mejores que digamos.
En la zona más comercial de mi distrito el alcalde se preocupó de poner una bonita y nueva capa de asfalto en la avenida más importante, pero nada más. No se le ocurrió -hubiera sido un buen momento- mejorar la avenida remozándola con nuevas veredas o simplemente colocándole más tachos de basura, dado el gran tránsito de peatones que tiene. Tampoco se ha preocupado de ordenar el comercio (no se nota, al menos) ni de controlar las mascotas del distrito que pululan por todos lados.
¿Qué ofrecen los demás? Será cuestión de averiguar.
El alcalde actual quiere 'repetir el plato' pero creo que no tiene, desde la perspectiva de mi barrio, nada que mostrarnos. Ciertamente el barrio no ha empeorado pero tampoco ha mejorado en nada, simplemente no se siente que haya habido mejora alguna. Creo que como en otros lugares la inseguridad sigue siendo el problema, y la limpieza no es de las mejores que digamos.
En la zona más comercial de mi distrito el alcalde se preocupó de poner una bonita y nueva capa de asfalto en la avenida más importante, pero nada más. No se le ocurrió -hubiera sido un buen momento- mejorar la avenida remozándola con nuevas veredas o simplemente colocándole más tachos de basura, dado el gran tránsito de peatones que tiene. Tampoco se ha preocupado de ordenar el comercio (no se nota, al menos) ni de controlar las mascotas del distrito que pululan por todos lados.
¿Qué ofrecen los demás? Será cuestión de averiguar.
viernes, 30 de julio de 2010
Por quién votar
No sé por quién votaré. No lo sé ni a nivel provincial y mucho menos distrital. Quizás porque soy muy exigente. Busco un candidato que no solo proponga buenas soluciones a los problemas de la ciudad y de mi distrito sino que no tenga 'mácula' alguna. Quizás es demasiado.
Alex Kouri tiene sobre sí el peso de las acusaciones por el contrato del famoso peaje de la Av. Elmer Faucett, mientras que Lourdes Flores ha tenido relaciones profesionales con una persona acusada de actividades ilegales (Cataño), además de haber admitido entre sus filas a un alcalde distrital que, al parecer, se vale de cualquier medio para vencer a sus rivales.
Alex Kouri tiene sobre sí el peso de las acusaciones por el contrato del famoso peaje de la Av. Elmer Faucett, mientras que Lourdes Flores ha tenido relaciones profesionales con una persona acusada de actividades ilegales (Cataño), además de haber admitido entre sus filas a un alcalde distrital que, al parecer, se vale de cualquier medio para vencer a sus rivales.
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| Y ahora ¿por quién votar? |
Con los demás, aquellos que tienen intenciones de voto muy bajas, me pasa lo mismo que a otros: me da miedo el 'voto perdido'. Es decir, votar por alguien por quien tan pocos van a votar que muy probablemente no salgan elegidos. Sin embargo, vale decir que entre ellos también hay propuestas interesantes.
Fiel seguidor del programa de Rosa María Palacios pude ver al Pastor Humberto Lay esbozando algunas soluciones a los problemas de Lima, pero propuestas demasiado generales para mi gusto. También vi a Luis Iberico de Alianza para el Progreso y a Gonzalo Alegría de Acción Popular, ambos con planteamientos más 'técnicos'.
Tránsito y seguridad son los problemas fundamentales de Lima y evidentemente me gustaría votar por el candidato que mejores propuestas presente para resolver estos puntos. Afortunadamente, en el sitio web del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) se puede acceder a través del botón "Conoce a tu candidato" a las hojas de vida de los candidatos y a sus planes de gobierno. Sería interesante estudiar las diversas propuestas, pero me da la sensación de que sería un trabajo infructuoso. Primero porque aunque yo votara por la mejor propuesta nada me garantiza que, si sale elegido ese candidato, la vaya a cumplir. Y segundo, la mayor parte de la población de Lima no vota en base a la mejor propuesta sino en base a quien le cae mejor; algo parecido a lo que sucede con el programa de Gisela Valcarcel en el que gana no el que baila mejor sino el que mejor le cae al público.
Lo malo es que caerle bien al público pasa por una serie de variables que no tienen nada que ver con la correcta administración de una ciudad. Caerle mejor a la gente implica saber bailar, tener buen 'floro', cargar niños, caminar por su calle, darle la mano, regalarles almanaques o polos, organizar chocolatadas y demás actividades que más tienen que ver con un concurso de popularidad, no con la administración pública.
¿Tendré que votar por el menos malo? Eso es lo que he hecho en las segundas vueltas de las dos últimas elecciones presidenciales y quizás en la siguiente también. Quizás si se aprueba el voto facultativo ya no vaya a votar, convencido de que perdería mi tiempo yendo a votar por un candidato que 'no le cae bien' a la mayoría de los votantes. Gran dilema, fruto del hartazgo al que me han empujado los candidatos ganadores.
Pero bueno, al menos por curiosidad leeré algunas de las propuestas. A ver que nos dicen los candidatos.
Quizás alguno me convenza con su letra.
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