domingo, 14 de marzo de 2010

La tierra bajo sus pies

El título de esta entrada es medio prestado. El original lo uso Alberto Fuguet en un post de su blogLa tierra bajo nuestros pies») y estaba acompañado por una foto que se convirtió en el símbolo del dolor y la devastación de Chile, luego del terremoto.

En esa foto un hombre sostiene, en medio de la destrucción dejaba por el tsunami, una bandera chilena rota y enlodada. Al verla uno no termina de convencerse que esos escombros que llenan la imagen alguna vez fueron parte de una ciudad de un país con el que tantas veces nos hemos comparado.

Chile se convirtió, por obra de la catástrofe, en el tema de conversación y de la noticia durante las últimas dos semanas. Sin embargo, antes se había convertido en nuestro benchmark, en el obligado punto de referencia para todo lo bueno y malo que nuestro país podía hacer en economía, negocios, cultura y hasta educación.

Con Chile desarrollamos así una relación ambivalente que se basaba, a la vez, en la envidia por sus asombrosas cifras económicas pero también en el rencor por las historias de maltrato hacia nuestros compatriotas.

¿Cómo confiar en un país que compra tantas armas, que maltrata a nuestros compatriotas, que se atribuye nuestro patrimonio, que nos ganó una guerra?



¿Cómo querer a un país que ha comprado nuestros supermercados, nuestras empresas eléctricas y que se ha metido hasta el tuétano en nuestra economía?

No se puede. No se puede confiar en un país. La confianza es un atributo que entregamos a otra persona, a otro ser humano que conocemos.

Y probablemente ese es el problema. ¿Conoces a algún chileno? Quizás no. La mayoría solo conoce historias, relatos, y noticias, pero pocos conocen a estas personas. Y lo peor de todo es que probablemente sean las peores historias, relatos y noticias las que más retumban en nuestra mente.

He conocido chilenos, y los he conocido de ambos lados. He conocido al altanero y soberbio pero también al amigable y fraterno, y quiero creer que lo segundos son los más. Con ellos he conversado y cambiado opiniones sobre nuestros países, sobre nuestras historias, y sobre nosotros mismos. He hecho amigos entre ellos y ellos han correspondido a esa amistad.

¿Por qué no podemos dejar de lado una guerra de hace más de 100 años? Alemania y Francia se han hecho trizas uno al otro en varias guerras -la más reciente en 1945- y no se tratan igual que nosotros. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo?

Dicen que Perú y Chile son los nuevos 'gatos' (a tigres no llegamos) del desarrollo económico, pero creo que aún nos falta mucho camino por recorrer en otro ámbito: en el conocimiento del uno hacia el otro.

1 comentario:

Liliana dijo...

Has escrito con la profundidad de tu razón y corazón. Buena reflexión.